La Cara

Entré en el tren del metro en la parada Maragall. Conseguí encontrar una silla vacía y allí me quedé medio dormido. Eran las 8, demasiado pronto para estar despierto. Aunque tenía los ojos cerrados, noté una luz que me molestaba y al abrir mis ojos vi una luz parpadeante que venía de una de las pantallas que colgaban en el tren. Tanto los trenes del metro como muchas paredes de las estaciones de metro en Barcelona tienen pantallas para que no se aburran los pasajeros. Allí ponen todo tipo de publicidad, avisos de robos y noticias del día. Seguía mirando la pantalla durante unos minutos y de repente me di un respingo y abrí mis ojos de par en par. ¿Esto qué había sido? No me lo podía creer pero después de unos cuantos minutos se repitió la misma imagen. Era yo. Mi cara. Sólo estaba en la pantalla durante unos pocos segundos, pero no me cabía ninguna duda que era yo. Me sonrojé y miré al mi entorno para ver si alguien más me había visto. Parecía que no. ¿Cómo habían conseguido una imagen de mí? ¿Y por qué? ¿Y quién? No era ni anuncio ni noticia, sólo mi cara sin más. Me quedé en el tren hasta el final de la línea y luego me quedé para la vuelta. En total vi aparecer la imagen de mi cara 56 veces durante el trayecto. Hice unas fotos de la pantalla con mi “smartphone“. Bajé en Diagonal, donde había una taquilla de información. Me quedé a unos metros de distancia del mostrador, dudando sobre qué hacer. Había dos personas en uniforme, un hombre y una mujer, atendiendo a un grupo de personas que, juzgando por la cantidad de cámaras, mapas y gestos de confusión, eran turistas. Detrás de ellos había otra pantalla mostrando un anuncio. Tardaron más que medio hora en ayudar al grupo y después había una pareja de edad avanzada que también necesitaron ayuda. Mientras tanto, mantenía mi distancia y miraba la pantalla. Cuando se fue la pareja, me quedé esperando, sin saber qué hacer. Justamente entonces, otra vez apareció mi cara en la pantalla. Lo tomé como una señal y me acerqué al mostrador.
«¿Ves?» dije y indiqué la pantalla con un dedo. Los dos miraron en la dirección indicada y luego volvieron a mirarme a mi, claramente sin entender qué quería decir. Por el rabillo del ojo vi desaparecer la imagen de mi cara del televisor.
«¡Soy yo! ¡Era mi cara en vuestra pantalla!» Sonaba ridículo incluso para mis propios oídos. «Mira…» dije y les mostré las fotos en mi móvil. Habían unas cuantas. Los dos miraron a las fotos y luego a mi y evidentemente seguían sin entenderme.
«¡Soy yo!» exclamé.
«No. No lo eres», dijo la mujer. Se encogió los hombros y se giró para atender a una chica japonesa que quería ir a la Sagrada Familia.
«Es más», añadió el hombre, «ni siquiera os parecéis mucho». Pero cuando vio mi cara incrédula, sacó un objeto desde abajo del mostrador. «Mira, uno de los cuántos objetos perdidos que encontramos cada día». Era un espejo. Me lo acercó para que viera mi cara.
¿Pero…, ésta era mi cara? Tenían toda la razón. La cara que ví en el espejo era completamente diferente de la que había fotografiado.
«Ten», me dijo y me dio el espejo. «Me parece que te hace falta».
Le di gracias y me fui con el espejo: tenía mucho en que pensar.

Atrás

Era temprano por la mañana y me encontré en el andén del metro, leyendo un periódico. Tan absorto estaba en mi lectura, que sólo oí que el metro había llegado sin mirarlo. Una voz por el intercomunicador dijo algo ininteligible, primero en catalán, luego en castellano, pero no presté atención. Oí que las puertas se abrieron y hice un paso adelante. Un hombre salió del metro y colisionó conmigo. Siempre me dan rabia la gente que bloquean las puertas del tren.
«¡Tonto!» me dijo el hombre que había salido.
«Perdón» dije, ocultando mi cara detrás del periódico y entré en el tren. Las puertas se cerraron y pronto el tren estaba en marcha.
Cerré el periódico y me senté. Entonces me di cuenta de que no había nadie en el tren salvo una niña, que estaba sentada en el banquillo en frente. Debía tener unos 10 años. Llevaba un vestido que era demasiado grande para ella y parecía un vestido para una persona mayor. El tren se aceleraba aún más, y no se detuvo en la estación siguiente.
«Hola» le dije a la chica.
Me señaló con un dedo: «No deberías estar aquí»
«¿Por qué no?»
Se encogió de hombros.
«Entonces, ¿por qué estás tú aquí?» dije.
«Tardé demasiado tiempo en decidirme. Y después ya era tarde.»
No la entendí.
«Entonces, ¿a dónde vamos?»
«Atrás» dijo. Atrás.
«Pero …» le dije e hice un gesto con la mano para imitar el movimiento del tren que claramente iba hacia adelante. Pero ella negó con la cabeza y señaló su reloj. Era un antiguo reloj de oro y era tan pequeño que no podía leer el tiempo, sólo vi una carátula de reloj borrosa. Me preguntaba qué le pasaba a esta chica. ¿Por qué estaba aquí, sola? ¿Dónde estaba todo el mundo? Todo me parecía muy extraño. Además, pasaron muchas estaciones y el tren no se detuvo en ninguna.
«Así que, si no se permite pasajeros» le dije «¿Por qué el tren paró para mi? ¿Por qué me dejó entrar?»
«El tren no paró para dejarte entrar sino para dejarte salir.»
Seguía sin entenderla. Poco a poco, el tren había empezado a desacelerar. Pasó otra estación sin parar, pero claramente estaba bajando de velocidad. De repente, la chica señaló las puertas. Miré por la ventana. El tren se había detenido en la estación donde antes había subido. Habiamos hecho un bucle.
«Ahora tienes que salir» dijo la chica. Era una orden y no dudé en obedecerla.  Salí rápido del tren. Un tipo estúpido, leyendo un periódico, estaba en la plataforma, justo delante de las puertas y colisioné contra él. Siempe me dan rabia la gente que bloquean las puertas de los trenes. «Perdón» dijo el hombre, con su cara detrás del periódico, y entró. Las puertas se cerraron detrás de él y el tren se fue.

Bajo Tierra

Era una mañana normal y corriente, y cogí el metro, encontré un asiento vacío y me senté. Aún estaba medio dormido pero después de un rato vi que alguien me estaba mirando fijamente. Era un hombre de unos cincuenta años con una cara símpatica y estaba sentado en un asiento frente a mí. Cuando vio que me había fijado en él, sonrió.

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11 de Septiembre

Hoy es el 11 de septiembre. Una fecha que para mucha gente significa muchas cosas según donde viven. Para la gente en Nueva York, por ejemplo, o la gente en Chile, por otro ejemplo, o la gente en Cataluña, por supuesto. También para la gente en Afganistán y Iraq esta fecha ha tenido algunas consecuencias de vida y muerte. Porque, lo que tienen en común estos acontecimientos del 11 septiembre en Nuevo York (2001), Chile (1973) y Cataluña (1714) es esto: la muerte. Muertos y sangre.

Muertos y sangre, porque hay gente que en vez de ver la variedad de personas, cada uno una mezcla (o mestizaje) de culturas, idiomas, convicciones políticos, colores de piel, religiones, géneros – y gustos sexuales – y preferencias de qué poner encima del pan, prefiere clasificar (unir y dividir) las personas según estas mismas características superficiales: raza, nacionalidad, género, etc… En realidad, son más bien los gobiernos que nos educan pensar así, porque es su manera de convencernos que seamos un pueblo unido, en vez de un montón de personas distintas. Es más facil crear un ejército si crees en un pueblo unido que crear un ejercito a partir de un montón de personas distintas.

Definirse a si mismo y “su identidad” (un concepto igual de abstracto como “el alma”, “Dios” o “la raíz de -1“) según estos estereotipos, con una bandera en la mano, ya es triste. Pero definir las identidades de otras personas a base de estos mismos criterios es psicópata. Y una vez sí y otra también lleva a guerras, a muertos y sangre.

En realidad, los gobiernos no deberían meterse en asuntos sentimentales (banderas, himnos, pueblos unidos) sino en asuntos prácticos: los impuestos, la educación, la sanidad y poca cosa más. Gobiernos así, desafortunadamente, no existen.

Y esto, desafortunadamente, se puede ver hoy tanto en Nueva York (y en los EE.UU. en general) como en Barcelona (y en Cataluña en general) donde se ve tanta gente – hasta incluso niños adoctrinados – conmemorando esta fecha con una cantidad de sentimientos de nacionalismo, patriotismo y la celebración del deseo de monopolizar una sola cultura, un solo idioma, un solo pueblo.

Y en realidad, no existen culturas ni idiomas ni pueblos aislados en sí, porque siempre son mezclas de otras culturas, idiomas, pueblos. Es ésta la verdad que hay que recordar en todas las fechas de año.

En el metro

Es de noche y estoy un poco bebido. No tengo faena. Llevo unos meses sin trabajo. Estoy en la parada de metro “Selva de Mar” a las 10 y media. No hay ni dios. Sólo estoy yo, esperando al metro que llegará en 3 minutos y 42 segundos… 41 segundos… 40 segundos. Pienso que no me gusta nada esperar. Y que no tengo faena.

Cuando llega el metro, entro. Me siento. Miro a mi alrededor. Sorprendentemente, no hay nadie. Todo el vagón está vacío. Estoy completamente solo. No sé por qué pero no me siento cómodo. Debería sentirme de maravilla: por fin sin gente, sin ruido, sin molestias. Pero tengo la sensación que hay algo malo en el aire. Y no soy uno de esos que creen en chorradas como malas vibraciones y tal. Pero me siento como si estuviera en el sueño típico en que estoy desnudo en la escuela o (por una extraña razón es aún peor) sólo en pijama. No tiene nada que ver, pero así me siento.

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Empieza con W…

Hay un nuevo hotel en Barcelona. Es maravillosamente situado, justo al lado del puerto y la playa y frente al mar. Tiene curvas bonitas, como las curvas de la misma playa y los cuerpos curvados encima de ella. Su exterior es casi enteramente de cristal, que tanto durante el día como durante la noche refleja el cielo mismo. Por otra parte, es construído en un lugar que solía ser una tierra de nadie, lleno de basura que el mar había arrojado a la playa. También ha sido hábilmente colocado justo al lado de una playa nudista, que promete un mestizaje cultural entre el “nouveau riche” y la “nue et heureuse“.
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La Guía de Bares y Restaurantes de Barcelona

Para guirris y turi
stas interesados en la “Barcelona de verdad” no es facil encontrar lo auténtico y distinguirlo de lo turístico, especialmente cuando se trata de buscar un restaurante o incluso un bar para tomar un café o un refresco. Ésto es aún más cierto, ya que la diferencia entre el verdadero camarero español/catalán (¡ojo! ¡piensan que es otra cosa!) y el camarero típico de cara de vinagre, rudo y amargado, que sirve tapas malas para los turistas en las Ramblas, es más pequeño de lo que crees. Así pues, he hecho una lista de lugares donde se puede encontrar la cosa real. Dado que esta lista puede crecer, yo le di un lugar especial aquí.

Ten en cuenta que también hay una especie de artesanos amables y buenos en peligro de extinción, que todavía se puede encontrar en algunas esquinas de Barcelona. En mi propia calle (Calle Corders), por ejemplo, hay un zapatero que parece haber estado trabajando aquí desde los albores del tiempo. Amable, con precios baratos y haciendo un trabajo muy bueno, el hombre es casi una singularidad en el continuo espacio-tiempo, aunque he encontrado algunos otros de estos artesanos excepcionales. Me temo, sin embargo, que como el tigre bengalí, el lince ibérico y el “blues-man” (¿bluesero?) del Mississippi, este especie esté casi extinto.