El Gran Cambio

LandscapeEse día, a las 8:10, como todos los días desde hace años, el hombre llegó a la parada de metro.  Con la misma cartera de siempre debajo el brazo y la misma cara seria. A las 8:17 llegó el tren y el hombre entró en el segundo vagón, como hacía cada día. Como es una de las primeras paradas de la línea, siempre hay suficientes asientos libres. Como siempre, el hombre se sentó en un banquillo en la esquina al lado de la puerta.

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Estoy en el metro, luego existo

Supongamos que estaba en un tren de metro.

Estaba sentado en el metro e inmediatamente tuve sospechas. Ello se debía en gran parte a los otros pasajeros del tren. Les pasaba algo claramente extraño. Todos los pasajeros teníamos el mismo aspecto: indistinto, frágil, asexual, apenas más que brazos y piernas -dos de ambos-, y todos sentados en sillas sencillas y mirando adelante.

Otra causa de sospecha: el viaje empezó en la estación A y, por supuesto, a cierta hora “x” tendríamos que pasar por estación B. (Se deja como ejercicio para el lector.) Sólo faltaba deducir a qué hora llegaríamos a la estación C.

Empecé a entender todo (dónde estaba, quién era y -lo más importante- a qué hora llegaríamos), cuando vi la mesa de ping-pong en el vagón. Dos pasajeros, igual de anónimos que nosotros, empezaron a jugar y, como el tren seguía a una velocidad constante -sin frenar ni acelerar-, la pelota se movió como se habría movido si el tren hubiera estado en reposo. Mientras tanto, me di cuenta de que al lado de la cabeza todos teníamos relojes enormes que indicaban las horas locales. Miré por la ventana y vi cómo pasamos a gran velocidad una larga plataforma sin final. En la plataforma, a intervalos equidistantes (o al menos eso parecía), nos observaban hombrecitos idénticos con relojes enormes en sus manos.

Entonces lo comprendí todo y, después de calcular las cifras, me entró tristeza porque sabía que iba a morir pronto.

Íbamos a morir nada más llegar a la estación C, es decir, nada más calcular correctamente nuestra llegada, usando las fórmulas de física (primero Newton, luego Einstein) escritas en la pizarra. Y entonces, al final de la cuenta (y del cuento), con un toque final, el profesor al frente de la clase borraría de la pizarra las fórmulas, los dibujos y a nosotros (el tren, los pasajeros, la mesa de ping-pong y yo) fuera de la existencia.

Bajo Tierra

Era una mañana normal y corriente, y cogí el metro, encontré un asiento vacío y me senté. Aún estaba medio dormido pero después de un rato vi que alguien me estaba mirando fijamente. Era un hombre de unos cincuenta años con una cara símpatica y estaba sentado en un asiento frente a mí. Cuando vio que me había fijado en él, sonrió.

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Las Vegas, o Como hacer el ridículo sin morirse (4)

Cuando era estudiante de doctorado en física, fui a una conferencia en Boulder, Colorado en los EE.UU., y después me tomé una semana adicional de vacaciones para circular por los estados vecinos: Colorado, Utah, Arizona, … Había alquilado un coche que, al igual que la mayoría de los coches americanos, tenía la transmissión el cambio automático por lo que era mucho más fácil conducir durante horas sin cansarme. Es decir: sin cansarme de conducir. Pero sí me cansé de escuchar las estaciones emisoras de radio que sólo pusieron ponían sermones y música country. Al final, en Flagstaff, Arizona, compré dos cintas, una de Bo Diddley y una otra de Creedence Clearwater Revival y escuché a éstas para escucharlas en lugar de la radio. Por supuesto, si digo “Flagstaff, Arizona”, aficionados de Chuck Berry ya están pensando pensarán en “route 66“, pero, aunque todavía existe, ya no está en uso como carretera. Otros recuerdos que tengo: un hombre del de la tribu Navajo que me guió por Monument Valley y que me pidió, por ser físico, tirar que tirase una bomba nuclear en Washington; las librerías que sirvieron servían; las tiendas de música que vendieron vendían armas de fuego; una sala de baile cutre donde una mujer casada intentaba  intentó ligar conmigo hasta que la detuvo su cuñado; y carreteras interminables, interminables,  igual que en las películas. Y, por supuesto, me recuerdo acuerdo de Las Vegas.

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Como hacer el ridículo sin morirse (3)

No soy un gran conversador. En realidad hablar no es algo que disfruto. Y nunca veo el sentido en hablar más de lo estrictamente necesario. ¿Por qué decir: «Sí, estoy de acuerdo contigo» si se puede decir también: «Sí» ? O – de hecho -¿por qué decir algo, si  de todos modos se está de acuerdo? Como se puede imaginar, las reuniones de trabajo son una tortura para mí, las llamadas telefónicas son amenazas mortales y la decisión de vivir en España (un país en que se vive sólo para dos cosas: comer y hablar, preferiblemente al mismo tiempo) fue, en este respeto, tal vez no muy bien pensada.

Sin embargo, el problema existía también en los Países Bajos, y para mostrar que no es sólo una cuestión de ser un viejo gruñón, el problema existía también cuando todavía era joven.

Tenía unos 14 años y me invitaron a la casa de un amigo. En realidad, no eramos muy amigos, de hecho ni siquiera nos caímos muy bien, pero de todos modos, eramos compañeros de clase y estabamos en su casa, en su habitación. Estábamos jugando un juego de mesa muy complicado, con dados, barcos y tarjetas especiales. Me tocaba a mi hacer algo. Estaba pensando en qué hacer, y entonces su madre entró con el té. Dijo: «hola», y yo le contesté: «hola», y nos dijo: «He traído el té» y los dos dijimos: «gracias», y luego me concentré de nuevo en el juego, tratando de entender las reglas y lo que tenía que hacer. Mientras tanto, como banda sonora, ella seguía hablando, pero no la prestaba atención. Sólo cuando de repente cayó un silencio, miré hacia arriba y vi en sus caras que se esperaba algún tipo de respuesta por mi parte. Mis pensamientos estaban en otro universo y el único que me ocurrió decir era: «Sí, adiós» y luego volví a concentrarme en ese maldito juego.

Era la risa avergonzada de mi compañero que me avisó que algo había ido mal. Miré hacia arriba, con una cara ruborizada, pero ya era demasiado tarde. «Sí, ¡adiós!» – me espetó su madre y salió de la habitación, cerrando la puerta con un signo de exclamación. Como no era capaz de pensar en formas de arreglar la situación (disculparme, saltar por la ventana) fingí (sin engañar a nadie) que no había sucedido nada y seguimos jugando ese juego de demonios.

No me recuerdo cómo salí de la casa. Si no hubiera estado en el 4º piso, me habría creído que al final salí saltando por la ventana.

(English version)

La Frase


«
El placer verdadero de escribir (y leer) es la repetición», reflexionó el Autor. Repitiendo Repetir la misma situación, la misma idea con palabras sólo ligeramente diferentes distintas, es lo que hace que escribir (o leer) es sea un placer. No hay mayor placer que leer (o escribir) la misma cosa una y otra vez, con sólo pequeños cambios de redacción.

Y, de hecho, ni siquiera hace falta cambiar las palabras. ¿Por qué no repetir la misma frase una y otra vez?

«Cuando sea famoso y pueda hacer lo que bien me da la gana, haré esto», reflexionó el Gran Autor. «Escribiré un libro con la misma frase repetida una y otra vez.» Sería un libro con, una y otra vez, la misma frase. Debe ser una frase fácil. Nada artificial. Una frase fácil, sin astucias artificiales florituras falsas ni locuciones literarias.

El hombre se quitó el sombrero al entrar en la tienda … (El hombre claramente debe usar un sombrero, para darle un toque de lo arcaico.) (Está claro que el hombre debe usar sombrero, para darle un toque arcaico.)

El hombre se quitó el sombrero al entrar en la tienda, saludó a la dependienta y pidió media barra de pan de trigo integral, cortada.

Tal vez podría ser la dependienta sonriente, pero ya casi sería demasiado porque ¿por qué iba a sonreír?

El libro, con cerca de 278 páginas, sólo consistiría de en esta esa misma frase. Una y otra vez. ¡Qué placer sería escribirlo! ¡Qué placer sería leerlo! El título sería La Frase. La traducción en neerlandés sería incluso mejor, porque De Zin significaría «la frase», «el significado», «el sentido» y «las ganas».

Leería todo el libro, frase tras frase, y al final pasaría a la última página y leería la última frase:
«El hombre se quitó el sombrero al entrar en la tienda, saludó a la dependienta sonriente, y pidió media barra de pan de trigo integral, cortada.» Después cerraría el libro, volvería a abrirlo y empezaría otra vez desde el principio. Ya no harían falta otros más libros. Sería el libro que dejaría atrás todos los otros demás libros.

Como hacer el ridículo sin morirse (2)

Soy un tipo nervioso. No puedo dejar las cosas a medio hacer. Cuando un libro no está del todo alineado en la mesa de salón, primero tengo que corregirlo, antes de que pueda ver mi película favorita en el video (o escuchar mi canción favorita de mi banda favorita). Tomarme el tiempo y relajarme en lugar de arreglar algo de inmediato, es difícil para mí.

Una mañana estaba tomando una ducha larga y caliente en el cuarto de baño, que no tenía ventanas, de modo que todo el vapor quedó dentro, como si fuera una sauna. Probablemente fue el calor y la humedad que provocó que la bombilla de repente explotó. Fragmentos de vidrio volaron por todas partes y aterrizaron en el suelo. Rápidamente apagé el agua y abrí la puerta del cuarto de baño para dejar entrar algo de luz. Entonces ví que, curiosamente, algunas piezas de la lámpara, el casquillo y la base del contacto eléctrico de la bombilla aún estaban atornillados en el enchufe.

“Bueno, primero sacamos esto”, pensé sin pensar más ni tomar el tiempo para secarme. Así que, aún desnudo y mojado, me puse en los puntos de pies, tendí la mano y procuré sacar la bombilla del enchufe.

Soy alto pero por suerte el techo era tan alto que tuve que ponerme en los puntos de pie. La electricidad pasó directamente a través de mi mano derecha, viajó a través de una parte de mi tronco, y luego procedió a lo largo de la cadera, la pierna derecha y, finalmente, los dedos de mis pies. La fuerza era suficientemente fuerte como para perder el equilibrio y, así, romper el contacto eléctrico.

Estaba tumbado en el suelo entre las piezas de vidrio, durante quizás un minuto, mientras me daba cuenta de que apenas había escapado de la tumba. Reí maniáticamente, susurré: “sigo vivo” con una voz como si estuviera actuando mi parte en una película de David Lynch, y luego me levanté, apagé la luz, salí del cuarto del baño y apagé la electricidad principal también, por sí acasissimo acaso.

Fui al salón y me senté, todavía desnudo y mojado, en el sofá y respiré hondo.

(In english)

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