Atrás

Era temprano por la mañana y me encontré en el andén del metro, leyendo un periódico. Tan absorto estaba en mi lectura, que sólo oí que el metro había llegado sin mirarlo. Una voz por el intercomunicador dijo algo ininteligible, primero en catalán, luego en castellano, pero no presté atención. Oí que las puertas se abrieron y hice un paso adelante. Un hombre salió del metro y colisionó conmigo. Siempre me dan rabia la gente que bloquean las puertas del tren.
«¡Tonto!» me dijo el hombre que había salido.
«Perdón» dije, ocultando mi cara detrás del periódico y entré en el tren. Las puertas se cerraron y pronto el tren estaba en marcha.
Cerré el periódico y me senté. Entonces me di cuenta de que no había nadie en el tren salvo una niña, que estaba sentada en el banquillo en frente. Debía tener unos 10 años. Llevaba un vestido que era demasiado grande para ella y parecía un vestido para una persona mayor. El tren se aceleraba aún más, y no se detuvo en la estación siguiente.
«Hola» le dije a la chica.
Me señaló con un dedo: «No deberías estar aquí»
«¿Por qué no?»
Se encogió de hombros.
«Entonces, ¿por qué estás tú aquí?» dije.
«Tardé demasiado tiempo en decidirme. Y después ya era tarde.»
No la entendí.
«Entonces, ¿a dónde vamos?»
«Atrás» dijo. Atrás.
«Pero …» le dije e hice un gesto con la mano para imitar el movimiento del tren que claramente iba hacia adelante. Pero ella negó con la cabeza y señaló su reloj. Era un antiguo reloj de oro y era tan pequeño que no podía leer el tiempo, sólo vi una carátula de reloj borrosa. Me preguntaba qué le pasaba a esta chica. ¿Por qué estaba aquí, sola? ¿Dónde estaba todo el mundo? Todo me parecía muy extraño. Además, pasaron muchas estaciones y el tren no se detuvo en ninguna.
«Así que, si no se permite pasajeros» le dije «¿Por qué el tren paró para mi? ¿Por qué me dejó entrar?»
«El tren no paró para dejarte entrar sino para dejarte salir.»
Seguía sin entenderla. Poco a poco, el tren había empezado a desacelerar. Pasó otra estación sin parar, pero claramente estaba bajando de velocidad. De repente, la chica señaló las puertas. Miré por la ventana. El tren se había detenido en la estación donde antes había subido. Habiamos hecho un bucle.
«Ahora tienes que salir» dijo la chica. Era una orden y no dudé en obedecerla.  Salí rápido del tren. Un tipo estúpido, leyendo un periódico, estaba en la plataforma, justo delante de las puertas y colisioné contra él. Siempe me dan rabia la gente que bloquean las puertas de los trenes. «Perdón» dijo el hombre, con su cara detrás del periódico, y entró. Las puertas se cerraron detrás de él y el tren se fue.

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El Gran Cambio

LandscapeEse día, a las 8:10, como todos los días desde hace años, el hombre llegó a la parada de metro.  Con la misma cartera de siempre debajo el brazo y la misma cara seria. A las 8:17 llegó el tren y el hombre entró en el segundo vagón, como hacía cada día. Como es una de las primeras paradas de la línea, siempre hay suficientes asientos libres. Como siempre, el hombre se sentó en un banquillo en la esquina al lado de la puerta.

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Estoy en el metro, luego existo

Supongamos que estaba en un tren de metro.

Estaba sentado en el metro e inmediatamente tuve sospechas. Ello se debía en gran parte a los otros pasajeros del tren. Les pasaba algo claramente extraño. Todos los pasajeros teníamos el mismo aspecto: indistinto, frágil, asexual, apenas más que brazos y piernas -dos de ambos-, y todos sentados en sillas sencillas y mirando adelante.

Otra causa de sospecha: el viaje empezó en la estación A y, por supuesto, a cierta hora “x” tendríamos que pasar por estación B. (Se deja como ejercicio para el lector.) Sólo faltaba deducir a qué hora llegaríamos a la estación C.

Empecé a entender todo (dónde estaba, quién era y -lo más importante- a qué hora llegaríamos), cuando vi la mesa de ping-pong en el vagón. Dos pasajeros, igual de anónimos que nosotros, empezaron a jugar y, como el tren seguía a una velocidad constante -sin frenar ni acelerar-, la pelota se movió como se habría movido si el tren hubiera estado en reposo. Mientras tanto, me di cuenta de que al lado de la cabeza todos teníamos relojes enormes que indicaban las horas locales. Miré por la ventana y vi cómo pasamos a gran velocidad una larga plataforma sin final. En la plataforma, a intervalos equidistantes (o al menos eso parecía), nos observaban hombrecitos idénticos con relojes enormes en sus manos.

Entonces lo comprendí todo y, después de calcular las cifras, me entró tristeza porque sabía que iba a morir pronto.

Íbamos a morir nada más llegar a la estación C, es decir, nada más calcular correctamente nuestra llegada, usando las fórmulas de física (primero Newton, luego Einstein) escritas en la pizarra. Y entonces, al final de la cuenta (y del cuento), con un toque final, el profesor al frente de la clase borraría de la pizarra las fórmulas, los dibujos y a nosotros (el tren, los pasajeros, la mesa de ping-pong y yo) fuera de la existencia.

Bajo Tierra

Era una mañana normal y corriente, y cogí el metro, encontré un asiento vacío y me senté. Aún estaba medio dormido pero después de un rato vi que alguien me estaba mirando fijamente. Era un hombre de unos cincuenta años con una cara símpatica y estaba sentado en un asiento frente a mí. Cuando vio que me había fijado en él, sonrió.

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Las Vegas, o Como hacer el ridículo sin morirse (4)

Cuando era estudiante de doctorado en física, fui a una conferencia en Boulder, Colorado en los EE.UU., y después me tomé una semana adicional de vacaciones para circular por los estados vecinos: Colorado, Utah, Arizona, … Había alquilado un coche que, al igual que la mayoría de los coches americanos, tenía la transmissión el cambio automático por lo que era mucho más fácil conducir durante horas sin cansarme. Es decir: sin cansarme de conducir. Pero sí me cansé de escuchar las estaciones emisoras de radio que sólo pusieron ponían sermones y música country. Al final, en Flagstaff, Arizona, compré dos cintas, una de Bo Diddley y una otra de Creedence Clearwater Revival y escuché a éstas para escucharlas en lugar de la radio. Por supuesto, si digo “Flagstaff, Arizona”, aficionados de Chuck Berry ya están pensando pensarán en “route 66“, pero, aunque todavía existe, ya no está en uso como carretera. Otros recuerdos que tengo: un hombre del de la tribu Navajo que me guió por Monument Valley y que me pidió, por ser físico, tirar que tirase una bomba nuclear en Washington; las librerías que sirvieron servían; las tiendas de música que vendieron vendían armas de fuego; una sala de baile cutre donde una mujer casada intentaba  intentó ligar conmigo hasta que la detuvo su cuñado; y carreteras interminables, interminables,  igual que en las películas. Y, por supuesto, me recuerdo acuerdo de Las Vegas.

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