Estoy en el metro, luego existo

Supongamos que estaba en un tren de metro.

Estaba sentado en el metro e inmediatamente tuve sospechas. Ello se debía en gran parte a los otros pasajeros del tren. Les pasaba algo claramente extraño. Todos los pasajeros teníamos el mismo aspecto: indistinto, frágil, asexual, apenas más que brazos y piernas -dos de ambos-, y todos sentados en sillas sencillas y mirando adelante.

Otra causa de sospecha: el viaje empezó en la estación A y, por supuesto, a cierta hora “x” tendríamos que pasar por estación B. (Se deja como ejercicio para el lector.) Sólo faltaba deducir a qué hora llegaríamos a la estación C.

Empecé a entender todo (dónde estaba, quién era y -lo más importante- a qué hora llegaríamos), cuando vi la mesa de ping-pong en el vagón. Dos pasajeros, igual de anónimos que nosotros, empezaron a jugar y, como el tren seguía a una velocidad constante -sin frenar ni acelerar-, la pelota se movió como se habría movido si el tren hubiera estado en reposo. Mientras tanto, me di cuenta de que al lado de la cabeza todos teníamos relojes enormes que indicaban las horas locales. Miré por la ventana y vi cómo pasamos a gran velocidad una larga plataforma sin final. En la plataforma, a intervalos equidistantes (o al menos eso parecía), nos observaban hombrecitos idénticos con relojes enormes en sus manos.

Entonces lo comprendí todo y, después de calcular las cifras, me entró tristeza porque sabía que iba a morir pronto.

Íbamos a morir nada más llegar a la estación C, es decir, nada más calcular correctamente nuestra llegada, usando las fórmulas de física (primero Newton, luego Einstein) escritas en la pizarra. Y entonces, al final de la cuenta (y del cuento), con un toque final, el profesor al frente de la clase borraría de la pizarra las fórmulas, los dibujos y a nosotros (el tren, los pasajeros, la mesa de ping-pong y yo) fuera de la existencia.