Las Vegas, o Como hacer el ridículo sin morirse (4)

Cuando era estudiante de doctorado en física, fui a una conferencia en Boulder, Colorado en los EE.UU., y después me tomé una semana adicional de vacaciones para circular por los estados vecinos: Colorado, Utah, Arizona, … Había alquilado un coche que, al igual que la mayoría de los coches americanos, tenía la transmissión el cambio automático por lo que era mucho más fácil conducir durante horas sin cansarme. Es decir: sin cansarme de conducir. Pero sí me cansé de escuchar las estaciones emisoras de radio que sólo pusieron ponían sermones y música country. Al final, en Flagstaff, Arizona, compré dos cintas, una de Bo Diddley y una otra de Creedence Clearwater Revival y escuché a éstas para escucharlas en lugar de la radio. Por supuesto, si digo “Flagstaff, Arizona”, aficionados de Chuck Berry ya están pensando pensarán en “route 66“, pero, aunque todavía existe, ya no está en uso como carretera. Otros recuerdos que tengo: un hombre del de la tribu Navajo que me guió por Monument Valley y que me pidió, por ser físico, tirar que tirase una bomba nuclear en Washington; las librerías que sirvieron servían; las tiendas de música que vendieron vendían armas de fuego; una sala de baile cutre donde una mujer casada intentaba  intentó ligar conmigo hasta que la detuvo su cuñado; y carreteras interminables, interminables,  igual que en las películas. Y, por supuesto, me recuerdo acuerdo de Las Vegas.

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Como hacer el ridículo sin morirse (3)

No soy un gran conversador. En realidad hablar no es algo que disfruto. Y nunca veo el sentido en hablar más de lo estrictamente necesario. ¿Por qué decir: «Sí, estoy de acuerdo contigo» si se puede decir también: «Sí» ? O – de hecho -¿por qué decir algo, si  de todos modos se está de acuerdo? Como se puede imaginar, las reuniones de trabajo son una tortura para mí, las llamadas telefónicas son amenazas mortales y la decisión de vivir en España (un país en que se vive sólo para dos cosas: comer y hablar, preferiblemente al mismo tiempo) fue, en este respeto, tal vez no muy bien pensada.

Sin embargo, el problema existía también en los Países Bajos, y para mostrar que no es sólo una cuestión de ser un viejo gruñón, el problema existía también cuando todavía era joven.

Tenía unos 14 años y me invitaron a la casa de un amigo. En realidad, no eramos muy amigos, de hecho ni siquiera nos caímos muy bien, pero de todos modos, eramos compañeros de clase y estabamos en su casa, en su habitación. Estábamos jugando un juego de mesa muy complicado, con dados, barcos y tarjetas especiales. Me tocaba a mi hacer algo. Estaba pensando en qué hacer, y entonces su madre entró con el té. Dijo: «hola», y yo le contesté: «hola», y nos dijo: «He traído el té» y los dos dijimos: «gracias», y luego me concentré de nuevo en el juego, tratando de entender las reglas y lo que tenía que hacer. Mientras tanto, como banda sonora, ella seguía hablando, pero no la prestaba atención. Sólo cuando de repente cayó un silencio, miré hacia arriba y vi en sus caras que se esperaba algún tipo de respuesta por mi parte. Mis pensamientos estaban en otro universo y el único que me ocurrió decir era: «Sí, adiós» y luego volví a concentrarme en ese maldito juego.

Era la risa avergonzada de mi compañero que me avisó que algo había ido mal. Miré hacia arriba, con una cara ruborizada, pero ya era demasiado tarde. «Sí, ¡adiós!» – me espetó su madre y salió de la habitación, cerrando la puerta con un signo de exclamación. Como no era capaz de pensar en formas de arreglar la situación (disculparme, saltar por la ventana) fingí (sin engañar a nadie) que no había sucedido nada y seguimos jugando ese juego de demonios.

No me recuerdo cómo salí de la casa. Si no hubiera estado en el 4º piso, me habría creído que al final salí saltando por la ventana.

(English version)