La Frase


«
El placer verdadero de escribir (y leer) es la repetición», reflexionó el Autor. Repitiendo Repetir la misma situación, la misma idea con palabras sólo ligeramente diferentes distintas, es lo que hace que escribir (o leer) es sea un placer. No hay mayor placer que leer (o escribir) la misma cosa una y otra vez, con sólo pequeños cambios de redacción.

Y, de hecho, ni siquiera hace falta cambiar las palabras. ¿Por qué no repetir la misma frase una y otra vez?

«Cuando sea famoso y pueda hacer lo que bien me da la gana, haré esto», reflexionó el Gran Autor. «Escribiré un libro con la misma frase repetida una y otra vez.» Sería un libro con, una y otra vez, la misma frase. Debe ser una frase fácil. Nada artificial. Una frase fácil, sin astucias artificiales florituras falsas ni locuciones literarias.

El hombre se quitó el sombrero al entrar en la tienda … (El hombre claramente debe usar un sombrero, para darle un toque de lo arcaico.) (Está claro que el hombre debe usar sombrero, para darle un toque arcaico.)

El hombre se quitó el sombrero al entrar en la tienda, saludó a la dependienta y pidió media barra de pan de trigo integral, cortada.

Tal vez podría ser la dependienta sonriente, pero ya casi sería demasiado porque ¿por qué iba a sonreír?

El libro, con cerca de 278 páginas, sólo consistiría de en esta esa misma frase. Una y otra vez. ¡Qué placer sería escribirlo! ¡Qué placer sería leerlo! El título sería La Frase. La traducción en neerlandés sería incluso mejor, porque De Zin significaría «la frase», «el significado», «el sentido» y «las ganas».

Leería todo el libro, frase tras frase, y al final pasaría a la última página y leería la última frase:
«El hombre se quitó el sombrero al entrar en la tienda, saludó a la dependienta sonriente, y pidió media barra de pan de trigo integral, cortada.» Después cerraría el libro, volvería a abrirlo y empezaría otra vez desde el principio. Ya no harían falta otros más libros. Sería el libro que dejaría atrás todos los otros demás libros.

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Como hacer el ridículo sin morirse (2)

Soy un tipo nervioso. No puedo dejar las cosas a medio hacer. Cuando un libro no está del todo alineado en la mesa de salón, primero tengo que corregirlo, antes de que pueda ver mi película favorita en el video (o escuchar mi canción favorita de mi banda favorita). Tomarme el tiempo y relajarme en lugar de arreglar algo de inmediato, es difícil para mí.

Una mañana estaba tomando una ducha larga y caliente en el cuarto de baño, que no tenía ventanas, de modo que todo el vapor quedó dentro, como si fuera una sauna. Probablemente fue el calor y la humedad que provocó que la bombilla de repente explotó. Fragmentos de vidrio volaron por todas partes y aterrizaron en el suelo. Rápidamente apagé el agua y abrí la puerta del cuarto de baño para dejar entrar algo de luz. Entonces ví que, curiosamente, algunas piezas de la lámpara, el casquillo y la base del contacto eléctrico de la bombilla aún estaban atornillados en el enchufe.

“Bueno, primero sacamos esto”, pensé sin pensar más ni tomar el tiempo para secarme. Así que, aún desnudo y mojado, me puse en los puntos de pies, tendí la mano y procuré sacar la bombilla del enchufe.

Soy alto pero por suerte el techo era tan alto que tuve que ponerme en los puntos de pie. La electricidad pasó directamente a través de mi mano derecha, viajó a través de una parte de mi tronco, y luego procedió a lo largo de la cadera, la pierna derecha y, finalmente, los dedos de mis pies. La fuerza era suficientemente fuerte como para perder el equilibrio y, así, romper el contacto eléctrico.

Estaba tumbado en el suelo entre las piezas de vidrio, durante quizás un minuto, mientras me daba cuenta de que apenas había escapado de la tumba. Reí maniáticamente, susurré: “sigo vivo” con una voz como si estuviera actuando mi parte en una película de David Lynch, y luego me levanté, apagé la luz, salí del cuarto del baño y apagé la electricidad principal también, por sí acasissimo acaso.

Fui al salón y me senté, todavía desnudo y mojado, en el sofá y respiré hondo.

(In english)

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Como hacer el ridículo sin morirse (1)

Una mañana temprana, cuando aún vivía en Amsterdam, iba a mi trabajo en bicicleta por el Rooseveltlaan, una calle muy amplia, de lo que supuse que era una calzada de prioridad. Por lo tanto, cuando vi un coche que venía de una calle de intersección sin detenerse y un grupo de ciclistas esperando al coche, pensé: el hijo de puta! Y también: los tontos!

Calculé rapidamente las distancias y las velocidades relativas y pensé que podía pasar delante del coche sin problemas. Tenía razón. Además, por sentir que tenía la justicia y la ley de mi lado, le mostré mi dedo medio al conductor.

Por desgracia, esa calle de intersección era más amplia de lo que pensaba y al lado del coche que había pasado, había un otro coche que estaba a punto de cruzar el carril bici. Ese coche, en cambio, me golpeó plenamente y tanto yo como mi bici volaron en un semi-arco por el aire hasta llegar más allá del cruce, otra vez en el carril bici.

Pero justo antes de que aterrizé en la calle, todavía volando por loa aires, vi el semáforo… Estaba en rojo. Lo que significaba que me había equivocado todo el tiempo. No tenía prioridad en absoluto. Tumbado, con los ojos cerrados y la bici encima de mi, oía algunas voces preocupadas. Me sentía lleno de vergüenza por la enormidad de mi error y no quería ver a nadie. La memoria del dedo medio que había mostrado al conductor me hizo temblar de una vergüenza dolorosa. Vagamente tenía la esperanza de estar suficientemente mal herido para que fuera necesario llevarme inconsciente a otro sitio.

Desafortunademente, no tenía nada a excepción de algunos rasguños pequeños.

Los conductores habían salido de sus coches. Los dos estuvieron muy preocupados​​, incluso simpáticos, lo que hizo que me sintiera aún peor. “Lo siento, lo siento, lo siento”, les dije unas 300.000 veces. Mi rostro estaba, no muy diferente de un tomate maduro, listo para explotar. Me despedí con gestos llenos de disculpas, les dije que estaba bien, de verdad, muy bien, monté la bici y me fui.

La vergüenza era tan grande que necesitaba casi todo el día entero para volver a encontrar mi equilibrio.

(In english)

Ayer es como mañana, pero al revés

Bien entrada en el séptimo año de una crisis económica que no mostraba indicaciones de terminar pronto, nuestra héroe, Arenita Plenitud, decidió hacer una lista de todas las cosas que se acordaba del período antes de la crisis. Cosas perdidas, cosas olvidadas y incluso cosas que ya no parecían reales. En realidad, su proyecto estaba condenado a fracasar desde el principio porque las pocas cosas de que aún se acordaba parecían mentiras: leche fresca, periódicos, elecciones políticas, temporadas de vacaciones, estaciones de tren, corazones rotos y puestos de perritos calientes. También: caleidoscopios, cines y calas, y citas a ciegas y calles con cascos de cerveza cascados. Hacía tiempo que no había visto a un anciano en una silla de ruedas o un grupo de niños jugando al fútbol en la calle. Sin duda, éste último era un producto de su imaginación y en realidad no había existido jamás.

Por otro lado, estaba convencida de que antes había sido posible abrir una ventana.

(Nota: El título viene, del inglés, de una canción de los Virgin Prunes)

(In english)

No era mi día

En nuestra escuela secundaria, dieron las clases en varios edificios: en chozas en ruinas en el bosque, en un edificio de oficinas desolado cerca de una fábrica química, y – sobre todo -,  en un edificio de piedra mohosa tan viejo que se olía las almas muertas de generaciones desaparecidas. Este edificio se llamaba “la dépendance“, que era una palabra francesa que ninguno de nosotros no podía pronunciar ni explicar, pero que significa algo así como un edificio anexo. Fue aquí donde cometimos nuestros crímenes más atroces contra nuestros compañeros. Fue aquí donde atamos con nudos imposibles a una chica al puesto de una escalera. Fue aquí donde cubrimos con caca de perro al sillín de una bicicleta. Fue aquí donde escribimos esvásticas en piernas desnudas. Y fue aquí donde me encerramos durante medio día en un cobertizo y tiramos mi mochila en el lago detrás. No…, estoy mintiendo. En este último caso, no lo hicimos sino lo hicieron. Me sentía un poco débil ese día.

(In english)

Lo que debería haber dicho

“¡Ahora! ¡Eso es!” exclamé de repente. “¡Es verdad que eran mis canciones, pero eráis vosotros que lo tocabais mal!”

La gente se asustó. Estaba en el tren de 8:13, que estaba lleno de gente y nadie había esperado que iba a gritar de esta manera. Observando sus rostros, sorprendidos, asustados o enfadados, me di cuenta que había que ofrecer algún tipo de explicación por mi comportamiento.

“No, es que… ¿ya véis? Hace unos días estaba en un bar y un amigo mío me dijo algo y no sabía qué contestar. Pero ahora, tres días más tarde, me ha ocurrido la respuesta: ¡Es verdad que eran mis canciones, pero eráis vosotros que lo tocabais mal! Eso es lo que debería haber dicho “.

Esta explicación, sin embargo, no parecía que satisfaciese a mi público. El resumen más exacto de la opinión general parecía ser: ¿quién es este fenómeno? Era claro que ninguna otra explicación me podría ser útil y lo mejor que podía hacer era bajarme del tren en la siguiente parada, antes de llegar a mi destino.

No por primera vez, me enteré de que en la vida, con sólo resolver un problema, se crea otro. Ahora sabía lo que debería haber dicho hace tres días, lo que era una cosa buena. Al otro lado, ya no podía jamás tomar el tren de 8:13, por haberme hecho el ridículo. Lo que era una cosa mala.