Cuando era estudiante de doctorado en física, fui a una conferencia en Boulder, Colorado en los EE.UU., y después me tomé una semana adicional de vacaciones para circular por los estados vecinos: Colorado, Utah, Arizona, … Había alquilado un coche que, al igual que la mayoría de los coches americanos, tenía la transmissión el cambio automático por lo que era mucho más fácil conducir durante horas sin cansarme. Es decir: sin cansarme de conducir. Pero sí me cansé de escuchar las estaciones emisoras de radio que sólo pusieron ponían sermones y música country. Al final, en Flagstaff, Arizona, compré dos cintas, una de Bo Diddley y una otra de Creedence Clearwater Revival y escuché a éstas para escucharlas en lugar de la radio. Por supuesto, si digo “Flagstaff, Arizona”, aficionados de Chuck Berry ya están pensando pensarán en “route 66“, pero, aunque todavía existe, ya no está en uso como carretera. Otros recuerdos que tengo: un hombre del de la tribu Navajo que me guió por Monument Valley y que me pidió, por ser físico, tirar que tirase una bomba nuclear en Washington; las librerías que sirvieron servían té; las tiendas de música que vendieron vendían armas de fuego; una sala de baile cutre donde una mujer casada intentaba intentó ligar conmigo hasta que la detuvo su cuñado; y carreteras interminables, interminables, igual que en las películas. Y, por supuesto, me recuerdo acuerdo de Las Vegas.
Todas las noches después de registrarme en un motel y tomarme una ducha, me tumbaba en la cama con un gran mapa de los EE.UU. para ver a dónde podía ir el al día siguiente. Y una noche, vi que Las Vegas parecía estar lo suficiente cerca para llegar allí el al día siguiente.
Conducía Conduje todo el día, a través de tierras secas, en las por carreteras largas y rectas sin apenas tráfico, a excepción de un camión de vez en cuando. Escuchaba a mis cintas, hacía paradas en estaciones de gas gasolineras para tomar café o Coca-Cola y en un restaurante mexicano me dieron un enorme plato de frijoles (los platos en EE.UU. siempre son enormes) de lo del que sólo me comí la mitad. Mientras tanto, fantaseaba sobre Las Vegas: casinos, póker, James Bond, camareras medio desnudas, malos gustos mal gusto, hoteles baratos, luces de neón, el whisky, los cigarros, cubrepezones de plata en forma de estrella, “rien ne va plus” con acento redneck, pantallas gigantes, el as de espadas picas, Martinis secos, abuelas locas con escopetas en sus bolsos, bares de strip-tease, la Torre Eiffel, blackjack, la decadencia, y todo tan feo que ni siquiera era bonito.
Sin embargo, lo que encontré fue Las Vegas. Llegué alrededor de las 5. En un cartel al lado de la carretera estaba escrito: “Welcome to Las Vegas“. A los dos lados de la carretera estaban había casas blancas de uno o dos pisos y siguiendo las señales que indicaron indicaban al hacia el centro de la ciudad, llegué a una plaza tranquila y durmiente dormida, con una iglesia, una gasolinera y un restaurante que estaba cerrado. Salí de la plaza, volví a la carretera principal y dentro al cabo de pocos minutos encontré a un motel. No había visto ningún edificio alto, ni luces de neón, ni pirámides kitsch, ni una sola señal que decía dijese: “¡Casino!” o “¡Jackpot!” o “¡Oro!” o “¡Girls!”. Incluso Ni siquiera el motel donde aparqué mi coche no tenía ninguna señal gritando: “¡Motel!”. Salí del coche y entré en el pequeño vestíbulo del motel. Detrás de la recepción había un hombre grande con barba oscura y en una camisa de leñador.
«Esto es Las Vegas, ¿no?» dije.
«Sí» dijo el hombre. «Esto es Las Vegas.»
«¿Tiene usted … ejem … una un… mapa del lugar?»
El hombre vaciló y cogió un folleto de papel que mostro tenía debajo del nombre del motel un pequeño mapa de 5 por 10 calles. Con un lápiz me indicó donde estábamos.
«¿Y dónde está el centro de la ciudad?» le pregunté.
«Bueno …» Me miró de arriba abajo, como si estuviera tratando de averiguar algo. Luego dibujó un círculo en el mapa, en torno a la pequeña plaza que reconocí inmediatamente como la que ya había visto antes.
«Vale, ya está bien» dije, como si estuviera satisfecho con su respuesta. «Entonces, ¿es allí donde están los bares y los restaurantes?» Me detuve allí porque tanto mi sexto sentido como la expresión en la cara del hombre me indicaron, sin palabras, que no debería pronunciar la palabra ‘casinos‘.
«Hay un restaurante allí», dijo el hombre. «Pero creo que está cerrado».
«Ok, ya está bien. Una habitación por favor» le dije rápidamente porque de repente estaba ansioso de salir de esta aquella oficina y estar solo. El hombre me entregó la llave de una habitación y estaba mostrándose claramente igual de aliviado como que yo de que nuestra conversación se hubiera teminado.
Salí de la oficina, recogí mi equipaje del coche y corrí a mi habitación. Dentro, cogí el mapa de los EE.UU. y lo miraba miré bien. No tardé mucho en resolverlo el misterio. Aquí estaba yo: Las Vegas, Nuevo México, ciudad de un restaurante y una iglesia. Y allí, más al oeste, no estaba yo: Las Vegas, Nevada, ciudad de los casinos y las luces de neón.
Luego, a pocas manzanas del motel, cenaba cené en un Burger King, que estaba abierto.

Gracias a Felipe, ahora con correcciones (en verde en negrita)
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